jueves, 7 de julio de 2016

La botica de la Peregrina

Desde los primeros días de haberse establecido atraído por la simpatía que inspiraba aquel hombre joven, inteligente, varonil y noblote que fue Feijoo, frecuentaron su trato y constituyeron un número de leales amigos pontevedreses: abogados, médicos, escritores, artistas, algunos sencillamente amateurs, que se iba acrecentando por momentos. Llevados por la curiosidad que despertaba el tipo fuertemente original y representantivo de la raza gallega que se daba en Feijoo y en el deseeo de ponerse en relación con los elementos que en la capital, entonces, destacaban, no venía a Pontevedra funcionario militar, periodista, músico o pintor que no hiciera su ingreso en aquel círculo, puede decirse que constituido al aire libre, pues si en la invernada se recluían los concurrentes en la botica, y aun en la rebotica, hasta colmarlas, en los días y noches bonancibles se hacía la terturlia, con sillas o sin ellas, al pie del banco de piedra (del que ha tomado el nombre) adosado a la pared que da frente a la parte ancha de la acera.
Era aquella una reunión concurrida a todas horas, veraderamente “sui generis”, pues en ella alternaban damas y caballeros, aristócratas y menestrales, reaccionarios empedernidos y empecatados de la cáscara amarga. Allí cabían –siempre bajo el denominador común de “buenos pontevedreses”– y sin que se produjese nunca desagradables encuentros, todas las opiniones, todas las tendencias, todas las ideologías.
¡Pena será que el “banco de la botica” no tenga algún día cronista que le describa, que relate su historia, que cuente todas aquellas felices iniciativas, convertidas en realidad muchas veces, que surgieron en él, y como él, en fin, ha contribuido al progreso social e intelectual de la población!
Ya ha habido quien ha recordado (agradezcámoslo a Prudencio Bandín, el monopolizador de la amenidad periodística) las memorables tertulias de la santificada Concepción Arenal, del erudito Jesús Muruais, en la que se congregaban elementos de entre los que se han destacado muy elevados valores; la de don Casto Sampedro, que atraía relevantes cultivadores de la Historia y de la Arqueología; la del gran dramaturgo y hombre de ciencia Echegaray; la del celebrado satírico español Manuel del Palacio, que regalaban a sus visitantes con destellos de talento y primores de ingenio.
Mas nada se ha dicho aún de las tertulias políticas que en los meses del verano revestían verdadera importancia; de aquellas que formaban ministros, diputados, senadores, periodistas, personalidades distinguidas, en torno del eminente repúblico Montero Ríos en su espléndida finca de Lourizán; de las que en la magnífica Caeyra reunía el recordado filántropo Marqués de Riestra al lado de sus íntimos amigos Fernández Villaverde, Eduardo Cobián y otros altos prestigios políticos y financieros y elevadas figuras de la Iglesia; de las que, en su amena residencia de Poyo, ponía cátedra de suprema elocuencia y atrayente simpatía aquel gran corazón que fue Augusto González Besada; de la que, en su señorial finca de la Parda, presidía el  honorable Conde de Bugallal.
Del mismo modo, no ha amanecido aún el cronista que dedique unas páginas a la tertulia más extensa, popular y renombrada en Galicia y fuera de ella; porque sus anécdotas, iniciativas, humorismos y originalidades eran propagadas por cuantos algún momento ocuparon aquel incómodo banco de piedra con el regalo y deleite con que se arrellenarían en una regia poltrona.
¿Quiénes eran ellos?
Exige la galantería que comencemos por “ellas”.
Como una sombra de misterio y de dolor aparecía allí un día la Emperatriz Eugenia, belleza empalidecida, cubierta de luto, curvada sobre su bastón, por los años y las penas.
Otro día era la eminente escritora Emilia Pardo Bazán, que gustaba en sus paseos por Pontevedra de descansar en el banco de la botica, platicando con Feijóo y contemplando la, para ella, encantadora capilla consagrada a nuestra Virgen mimada.
En aquel lugar tenían su apeadero damas veraneantes distinguidísimas alguna tan venerable como la esposa de Montero Ríos y su hermana Plácida; y así, también, aquella Ana Estrada de Echegaray, de olímpica hermosura, y su hermana Borja, viuda de Canedo, de belleza matronil y gracia un tanto borbónica.
Allí se detenían a veces, para reunirse con sus maridos, la angelical Lola Montero Ríos de Vicenti, su hermana Eugenia, de seductora figura, que ha sido viuda de Martínez del Campo, y la Marquesa de Alhucemas, aquel fino espíritu aristocrático, recientemente fallecida y que había tenido  por padrinos de pila a los Reyes don Amadeo y doña María Victoria.
Y hemos de proseguir esta enumeración de los asiduos concurrentes al banco citando a la Condesa viuda de Bugallal (un dechado de ingenio), a la que acompañaban sus dos hijas, Matilde, toda gracia, y Carmen (que hoy es condesa), de femenil donosura.
Y otros días a Carolina Giráldez de González Besada, aureolada con el prestigio de preciosas virtudes, con su hija María Teresa, hoy viuda de Díaz Cordovés, y que entonces, casi adolescente, cautivaba ojos y corazones con delicioso candor.
Y no faltaban ocasiones en que la belleza netamente española de Asunción del Palacio y su encantadora hija María participaban de la tertulia y lucían su sutil “sprit”.
Evoquemos otro grato recuerdo: el de la gentil y elegantísima Marquesa de Ayerbe, aquella María Viñals, a la que placía abandonar el castillo de Mos, en el que residía con su tío, el Marqués de la Vega de Armijo, para visitar la capital; y porque era aquel lugar de cita de mujeres lindas anotemos el nombre de aquella “flor de nardo”, como dijo Eduardo del Palacio, que era Carmen Munaiz y el de la amiga de esta, Natalia de Porrúa, admirable tanto por su figura como por su intuición artística.
Y si de arte se trata tendríamos que anotar muchos nombres de actrices ilustres y de cantantes notables.
¿Para qué citar más que a la genial María Guerrero, a la deliciosamente femenina María Tubay y a la seductora Rosario Pino, de las dramáticas, y a la Nevada como cumbre entre las líricas?
Tres nombres más añadiremos de damas de distinción: el de Mercedes de Laportilla de Mellado, reputación de verdadera belleza, y los de sus hermanas Carmen y Luisita, que no le iban a la zaga en perfecciones.
La gente de pluma de la tertulia acogíamos admirativos y galantes siempre que allí aparecían la dulce poetisa gallega Filomena Dato Muruais y a la escritora honor de nuestra tierra, Sofía Casanova.
Y aunque no escritoras, pero sí conversadoras deliciosas, María Buceta de Fernández Bordas y la Condesa de San Julián cautivaban con su distinción y belleza.
¡Ah! Y que expectación se producía entre los concurrentes cuando, procedentes del palacio de Salcedo, descendían de su “break”, ante el banco, aquel ramillete de fragantes flores, juveniles figuras de carnaciones nacaradas, que eran las cuatro hijas de Becerra Armesto.
Deliberadamente no se hace figurar en estas notas nombres de pontevedreses, porque también hemos de omitir los de varones, por destacados que unas y otros hayan sido o sean, a menos que hubiesen tenido fuera de esta ciudad el escenario de sus actividades.
¿Quién pone puertas al campo y como habían de ponerse a aquella tertulia que era accesible a todos?
No ha habido vecino de la capital, medianamente relacionado, que no hubiera acudido a aquella bolsa en que se cotizaban todas las noticias, se adquirían informes y en la que, frecuentemente, se hallaban personajes importantes a quienes se deseaba tratar por dispensadores de favores o simplemente conocer por la curiosidad que la notoriedad despierta.
Cuantas personas de distintos puntos acudían a Pontevedra para asuntos particulares, para cumplimentar a los encumbrados políticos o simplemente como turistas, no dejaban de desfilar por la famosa farmacia. Comisiones de centros docentes, de ayuntamientos, de comités, de diversos organismos; figuras de la política más o menos conspicuas y abundantes pretendientes, en renovación constante, eran concurrentes seguros al bien conocido banco; y dicho se está que lo eran también, y estos naturalmente, “por derecho propio”, las personalidades que durante días eran huéspedes de Montero Ríos en Lourizán, de Riestra en La Caeyra, en la que la inolvidable Marquesa, noble por su nacimiento, por su matrimonio y, sobre todo, por su corazón, hacía deliciosa la estancia de sus angazo y de los demás personajes que aquí tenían su residencia veraniega.
Citemos los nombres que acuden a nuestra ya débil memoria.
Perfecto Feijóo Poncet
Por allí pasaron los generales Serrano, Duque de la Torre, Beranger, Martínez Anido, Puicerver, La Portilla, Ampudia, Lachambre, Aizpuru y Millán Astray.
Los poetas José Zorrilla, Cavestany, Manuel del Palacio, su hijo Eduardo, Fernández Vaamonde, Rey Díaz, Lisardo Barreiro, Cabanillas, Nicolás Taboada, Emilio Carrere, el ex ministro catalán Balaguer, que siendo mantenedor en los Juegos Florales de 1884 se despedía de nosotros diciendo: “Pontevedra, de la que me veo obligado a partir con dolor, y de la que, a ser posible, quisiera alejarme andando hacia atrás, para dar a mis ojos más tiempo de gozarla y a mi corazón más espacio de sentirla”.
Larga, aunque incompleta, relación de ministros, diputados, senadores y personalidades de relieve: Barroso, Calvo Sotelo, Montero Ríos, García Prieto, Martínez del Campo, Fernández Latorre, Portela Valladares, Canido, Gasset (D. Eduardo y don Rafael), Canalejas que hizo un bello discurso en los Juegos Florales de 1907; Moret, que estuvo maravillado como mantenedor en los del 1882; Sagasta (D. Pedro y D. Bernardo), González Besada, Seoane (D. Pedro) y Ruíz Martínez, Posada, Llamas Novac, Varela de la Iglesia y Varela Radio, Francos Rodríguez, Mellado, Burell, Montero Ríos Villegas (D. Eugenio y D. Avelino), Romero Donatto, Gil Casares, Cobián Roffignac, Navarro Reverter, Barrón, Alvert Despujols, Becerra Armesto, Conde de Cartagena, Calderón Ozores, López Mora, Rovira Pita, Ángel Osorio Gallardo, Iglesias Aniño, Lema, Otero Bárcena, Nine, Pintos Reino, Zepedano, Conde de Gimeno, Dato, Pedregal, Marqués de Leis, Goicochea; el doctor Calzada, Martos (D. Cristino), Vázquez Mella… y tantos más.
Pero es justo hacer mención especial de aquel Eduardo Vincenti, que nos ha representado en el Congreso durante treinta y tantos años, en los que prodigó favores que no deben olvidar Pontevedra y otros pueblos de la provincia, bien atendidos por él.
También los músicos han tenido en este desfile la mas brillante representación: Sarasate, Arbós, Albéniz, Arched, Fernández Bordas, Pérez Casas, Rafael Hernando, Villa, Cubiles, Tragó, Varela, Silvari, Granados, Guridi… ¿Habríamos de dejar de citar a nuestros Carlos Sobrino y Manolo Quiroga?
De actores dramáticos surgen en nuestra memoria nombres bien ilustres: Vivo, Valero, Catalina, Mario, Tuhiller, Borrás, Días de Mendoza, Cepillo…
Como tampoco podrán faltar pintores; allí vimos, lo que tanto vimos, a Pradilla, Meifren, Daniel, Urrabieta, Vierge, Luqque Roselló, Visasola, Vazquez Ubeda, Abelendfa, Monteserín, Alcoverro, Enrique Campo, Sobrino, Somoza; y añadamos los escultores González Sola, Asorey y nuestro Fernando Campo.
Del arte lírico solo citaremos un nombre. ¿Para qué más? El del gran Julián Gayarre, que en uno de sus viajes vino a Pontevedra a visitar a sus amigos y compañeros Carlos Ulloa, veterano en los teatros de Italia, y Martín Berbén, reciente debutante de aquellos mismos teatros.
¿Y escritores? ¡Incontables!
Sin atenernos a ningún género de orden, como venimos haciendo las anteriores enumeraciones, ahí van nombres, según los recuerdos que conserva el que durante cincuenta años fue asiduo concurrente al banco:
Los insignes novelistas Pérez Galdós, y Pereda, que juntos realizaban un viaje por Galicia; Luís Taboada, el más gracioso de los articulistas españoles; Cuiñas, Barreiro (Alejandro y Augusto); Solá, Agra, el pontevedrés de adopción y aristocrático cronista, Carlos Osorio y Gallardo; Gabaldón, Blanco Asenjo, Cecilio de Roda, Alfredo Vicenti, Gómez Carrillo, Cabello Lapiedra, Portasany, cuando aquí esgrimía sus primeras armas y que hoy es muy distinguido redactor de “ABC”, Carlos Valle-Inclán, Gasset Neira, el historiador de Galicia, Murguía, y aquel García de la Riega, que creó y mantuvo la tesis “Colón pontevedrés”, una tesis que viene abriéndose camino por todos los ambientes del mundo, sin que, por inconcebible indiferencia, se ocupen de ella en el propio pueblo del que se dice ser cuna del más grande d los navegantes.
Y Maeztu, y José Ortega Gasset, y Luis Morote, Lombardero, los Camba, López de Haro, Pérez Lugín, Fernández Tafall, García Sanchiz, Marqués de Figueroa, Noel, Santander, Alvarez Insúa, Dionisio Pérez, Otaño, Unamuno que vino a ser mantenedor de los Juegos Florales de 1912, y a decir pestes… de los Juegos Florales.
Y recordemos algo interesante: que sobre aquel banco, un día leía a cierto amigo cuartillas del que había de ser su primer libro: “Femeninas”, el joven Valle-Inclán, que alcanzaría a ser el “Gran Don Ramón”, cumbre de la literatura española.
¿Y podían faltar toreros? También por allí pasaron figuras de la fiesta castiza.
Y fue uno el alegre y valeroso “Torerito”, y otro el “Bebé-Chico”, que con él emparejaba; y también Fuentes, todo un maestro en su arte y todo un señorito en sociedad;  otro más, el culminante y arrogante Mazantini, de traza prócer, cuando vistiendo el correcto frac visitaba en los palcos del Real a sus ilustres amigos.
¿Quién era la dama que desde el fondo de su carruaje aguardaba, a la terminación de las corridas, la salida de un gallardísimo torero? La hemos visto; y de ella podemos decir que era muy guapa y que vestía cuerpo de negro terciopelo y falda de seda blanca con anchas listas negras.
En el transcurso de unos cuantos años, ¿cuánto allí se comentó, discutió, criticó… y mintió?
¡Cuántos proyectos se concibieron, y qué de iniciativas fracasadas unas, fecundas otras!.
Allí nacían festivales, homenajes, recepciones, despedidas, veladas literarias y artísticas, periódicos de vida efímera, sugerencias que creaban estados de opinión en pro de intereses locales; y en orden de lo frívolo algo de un humorismo típicamente pontevedrés como el entierro de “Ravachol”, el “lorito de Don Perfecto”, tan parlanchín como mal hablado.
Pero nada más meritorio y digno de alabanza como la creación del coro “Aires da Terra”, debida a Perfecto Feijóo, que supo hallar entre contertulianos distinguidos y amantes, como él, de la música y de Galicia, la cooperación decidida que le era necesaria para lograr un propósito que requirió toda su energía y su tenacidad si había de vencer, no sólo la indiferencia, sino el desdén, y aún la burla, con que los más contemplaban a médicos, abogados, escritores, vestidos de “cirolas” y al farmacéutico don Perfecto soplando en el “fol”.
Feijóo pudo enorgullecerse con el título de “fundador de los coros gallegos”, nacidos en tantos pueblos de la región y fuera de ella, y que han tenido su modelo en el creado por él; aquel coro en el que descollaba Víctor Mercadillo con su magnífica voz, su arte y su gracia, y que en una carroza convertida en lancha leitera, prestigiada con la presencia de distinguidas damas, entre ellas la Condesa de Pardo Bazán y Gloria Laguna recorrió, entonando con la gaita nuestros cantos populares, la calle de Alcalá, de Madrid, entre aclamaciones del público; que fue llevado al Teatro Español y al Ateneo; que se dio a conocer con excelente éxito en Portugal, y que hizo vibrar el alma y humedecer los ojos de los gallegos residentes en la tierra argentina, cuando fue contratado para actuar en aquellos teatros.
Perfecto Feijóo no fue galleguista, pero nadie más amante de su país que él, con su coro y despertando el amor a la música popular regional, ya de todo olvidada… y desdeñada; ennobleciendo la vieja gaita tocada por él mismo; dignificando el traje clásico de nuestros paisanos que había caído  en el desprestigio de los grotescos carnavales astrosos, y logrando despertar más interés y más simpatía por Galicia que las prédicas de muchos teorizantes y de algunos políticos de sinceridad, en ciertos casos, dudosa.
Terminamos ya, y que ello no sea sin dar un último ¡adiós! al banco de la botica.
Sí; demos nuestros ¡adiós! al viejo banco amigo, y habremos de dárselo con la honda melancolía con que nos despedimos de nuestros días alegres y con que vemos desaparecer el mundo evocador de tantos entrañables recuerdos de cosas y de personas como han llenado un medio siglo que, a buen seguro, no ha tenido igual en Pontevedra, ni, posiblemente, lo tendrá.

TORCUATO ULLOA
  Publicado en La noche periódico compostelano, el 9 de agosto de 1954.

domingo, 8 de noviembre de 2015

Los Churruchaos



Una de las familias más ilustres y poderosas del antiguo reino de Galicia en el siglo XIV, fue la de los Torrechanos o Churruchaos, según la corrupción vulgar del dialecto gallego. El solar de esta casa, cuyo origen se pierde en los primeros tiempos de la conquista de los árabes, estaba en la ciudad de Santiango, y ocupaba el terreno donde se ha edificado después el Seminario conciliar.
Los descendientes de los Torrechanos se hicieron tristemente célebres desde la muerte del prelado compostelano D. Suero de Toledo y el deán de la misma iglesia, en la procesión del Corpus de 1366.
La mayor parte de los escritores que hicieron mención de los sucesores de este linaje, le distinguieron con el apellido de Pérez, pero consultando las autoridades más respetable, y tomando en consideración la gravedad de su atentado, creemos que perderían su primer apellido, Gómez, después de la muerte de uno de los más poderosos partidarios de D. Enrique de Trastamara en Galicia. El sobrenombre de Torrechanos lo había adquirido esta familia por las muchas torres o fortalezas que tenía en las tierras que eran de su pertenencia.
El P. Gándara[1] dice «siguió las partes del Rey D. Pedro también Alonso Gómez de Deza y su hijo Fernán Pérez Torrechau, » y en otro lugar « Fernán Pérez Torrechau é Gonzalo Gómez Gallinato sirvieron al Rey D. Pedro… dando muerte al arzobispo de Santiago D. Suero de Toledo. » Ayala[2] escribe lo siguiente: «E el arzobispo luego que ovo mandamiento del Rey partió de su castillo de la Rocha, e vinose para Santiago, e viniendo por una plaza, llegando a la puerta de la iglesia de Santiago, do el Rey estaba, llegó en pos de él un escudero de Galicia que decían Fernán Perez Churruchao »…« é su padre de aquel Fernán Pérez Churruchao estaba con el Rey.»
Molina[3], en una de las octavas de mal gusto literario de su obra, donde se propuso describir los sucesos más notables que tuvieron lugar en Galicia, se expresa de esta manera:

También los Dezas que son Torrechanos,
aunque ya dejan aqueste apellido,
después que hicieron el hecho atrevido
que al propio prelado mataron a manos.

Por las noticias que hemos presentado a nuestros lectores, se echa de ver a primera vista que no están acordes los autores que refirieron la muerte de D. Suero de Toledo con respecto al apellido de la familia de los Torrechanos o Churruchaos. A pesar de que Gándara llama Gomez al anciano Churruchao[4], y Molina lo distingue por el apellido Deza, nosotros creemos, y es lo más probable, que siendo esta familia señora de muchas torres y jurisdicciones, así como favorecida por entronques linajudos, llevó mucha veces los títulos de unos y otros, llamándose a la vez Camba, Mesia y Deza, por los señores o castillos que tenían en las tierras del mismo nombre.
En la jurisdicción de Camba y Rodeiro poseían una fortaleza respetable donde solían ir sus poseedores con mucha frecuencia, si hemos de dar crédito a un manuscrito curioso que tenemos a la vista. En Mesia aun se conservan las ruinas de una torre con una inscripción gótica donde se lee Pero Mesia y el año de su fundación. En Deza también hemos tenido ocasión de ver otra fortaleza perteneciente a la familia de los Churruchaos, construida sobre peñascos escarpados y en medio de un bosque tan frondoso como ameno.
La familia de los Torrechanos se había hecho célebre desde los tiempos más remostos por los muchos servicios prestados a los Reyes de Castilla y León, y por los valerosos capitanes que se contaron entre los enemigos de los árabes y defensores de las tradiciones religiosas y políticas de sus abuelos.
En el siglo XIV eran sus descendientes los más ricos y poderosos de los caballeros de Galicia y de los partidarios de D. Pedro el Cruel.
La muerte violenta del prelado compostelano los alejó para algunos siglos del suelo que los había visto nacer.
Un curioso y poco leído escrito que hemos tenido a la vista[5] y que nos ha sido reclamado por los actuales poseedores de esta casa solariega, con lo cual se puede probar su autenticidad y verdad históricas, decía lo siguiente al hablar de la genealogía de los Churruchaos: «El Castro Candad está a una legua de Chantada, y es ahora casa sin título, la más principal de Galicia ha más de quinientos años, que emparentaron con los Suarez de Deza, que llamaron Churrichau. En este tiempo ha muerto a un arzobispo de Santiago una señora y matrona valerosísima, la primera marquesa de Camba y Rodeiro, que casó con Alonso Suarez de Deza, señalado caballero del tiempo de D.Alfonso XI, como refiere la historia que ha por mal trato del arzobispo D. Suero y otros caballeros en el castillo de Rupefert. Con esto perdió muchas tierras que posee el arzobispo y el nombre Churruchau. Su solar lo tuvieron en Santiago y llevaron por armas un castillo o torre.»[6]
Los detalles de este suceso son tan diversos como contradictorios. El lugar de la catástrofe varía según el antojo de los historiadores y los diferentes comentarios de la tradición. Una canción popular de dudoso origen, y menos antigua que el hecho de que hace mención, dice:

En la calle de la Balconada[7],
Mataron a un arzobispo
Por celos de una madama…

Estas palabras carecen de fundamento por dos razones: primera, porque no fue cuestión de honor sino de política la que movió el brazo de los Torrechanos; segunda, porque esta familia no tenía a la sazón más descendiente que Fernán Pérez.
Ayala, en la citada obra, explica el suceso en estos términos: «E pusiéronse a las puertas de unas posadas que eran por do el arzobispo avía de venir, e entrando por la ciudad fueron luego muertos a la puerta de la iglesia de Santiago.» En medio de estas contradicciones y ambigüedades, lo que se puede comprobar por una circunstancia que ha perpetuado una locución vulgar, es que el arzobispo y el deán expiraron bajo las bóvedas de la catedral.
El Rey, según la crónica, estaba sobre la catedral viendo morir al prelado; y el refrán de vaite a misa en Conxo, prueba que cerradas las iglesias de la ciudad hasta la purificación de la metrópoli, tenían los compostelanos que cumplir con los oficios divinos, extramuros de la población.
A consecuencia de este atentado, los Torrechanos, si hemos de dar crédito a la tradición, se refugiaron al palacio que tenían en la ciudad de Pontevedra, hasta que se ocultaron en las asperezas del vecino reino de Portugal.
Este palacio, cuya vista estampamos a la cabeza del presente artículo, es de antigua construcción y se distingue por la buena distribución de sus principales cuerpos y la pintoresca posición donde aún se conservan sus ruinas. Edificado cerca de la antigua colegiata de Santa María, donde tiene un santuario la cofradía de los Pescadores del barrio de la Moureira, consta de una sólida cortina cerrada por dos torres que fabricadas según el gusto de aquellos tiempos presentan el aspecto ambiguo de fortaleza y palacio que tenían las casas solariegas de los siglos medios.
Después de subir al trono castellano, el hermano de D. Pedro, fueron confiscados los bienes de los Churruchaos y agregados, por cinco generaciones, a la mitra compostelana. De esta manera las torres y las tierras de su pertenencia quedaron en poder del sucesor de D. Suero de Toledo, y los prelados compostelanos comenzaron la obra de abandono y ruina que el tiempo se encargó de terminar con el poderoso arado de los siglos.
En la actualidad el palacio de los Churruchaos en Pontevedra no es más que un monumento artístico, más célebre por haber pertenecido a la familia de los que mataron al arzobispo y deán compostelanos, que por sus bellezas arquitectónicas.
La tradición se apoderó de la soledad de sus galerías y lo ruinoso de sus torres, y cree que vaga errante el alma del Churruchao por sus bóvedas y que a través de los hierros de las más lóbrega azotea se escuchan los gemidos de su hermana Estrella, sacrificada a la voluntariosa resolución del prelado de Santiago y hermano del alcaide de Toledo en aquella turbulenta época.

ANTONIO NEIRA DE MOSQUERA

Publicado en Semanario Pintoresco Español  nº 37.
12 de septiembre de 1847


[1] Armas y triunfos de Galicia
[2] Crónica del Rey D. Pedro
[3] Blasón de Galicia.
[4] En la segunda edición de la obra del P. Gándara (1677) también llama Gómez al hijo del anciano Churruchao.
[5] Se titulaba «De la nobleza de la casa de Camba y sus principios y fudndación del castillo Castro-Candad, donde se lee un privilegio de D. Pelayo a Lupo Cambero, progenitor de esta familia.»
[6] Sobre este episodio histórico escribió el autor de este artículo la novela D. Suero de Toledo, publicada en las Mil y una noches españolas.
[7] Situada entre las calles rua Nueva y rua del Villar.

viernes, 20 de marzo de 2015

La puerta de Trabancas y la Herrería

En el corto acceso que hay desde la calle Michelena a la plaza de la Herrería, se encontraba desde el siglo XIII la torre levantada sobre una puerta integrada en la muralla que rodeaba la ciudad. Esta torre llamada de Trabancas, fue demolida, y en 1850 solamente se mantenía en pie la puerta. También se le llamaba la puerta de Tuy, porque estaba en la dirección de esa ciudad, y de la Peregrina, que es la denominación más moderna, por la proximidad al Santuario de este nombre.
La casa de la izquierda (hoy Bar Savoy) pertenecía al Capellán de la Congregación de la Divina Peregrina y anteriormente había sido la primitiva Capilla.
Sobre la clave del arco de la puerta había un pequeño escudo del Señor de la Villa, el Arzobispo de Santiago desde el siglo XII.
La fuente que hoy se encuentra en los jardines de Antonio Odriozola, se debe al maestro Francisco López y fue hecha en 1536.
La amplia plaza fue depósito de escorias de los muchos talleres de herrería que la rodeaban. De ahí salían las armas, los paveses y escudos que se mandaron usar por los Reyes  Católicos, según Real Provisión de 1945.
Hoy desaparecida, la puerta de Trabancas es reproducida, en el lugar que ocupó, en cartón piedra, con motivo de la celebración de la Feira Franca, festividad popular que reproduce la vida cotidiana un día de feria en la Pontevedra de la Edad Media.

Torre de Trabancas vista desde la Plaza de la Herrería  (Dibujo de Alcoverro)

A la izquieda la actual calle de los soportales y la fuente en su ubicación original (Dibujo de Alcoverro)


José M. Ramos González
20 de marzo de 2015

sábado, 24 de enero de 2015

El primer himno a Galicia

     En Los Juegos Florales celebrados en Pontevedra el 12 y 13 de agosto 1880, presididos por Antonio Romero Ortiz, ministro de Ultramar durante la Restauración, se presentaron 65 composiciones poéticas y 6 musicales. Fue en estos Juegos donde Andrés Muruais consiguió el primer premio por su poema Himno a Galicia, por la que obtuvo la Corona de laurel de oro y plata. Posteriormente, el maestro Felipez Paz Carbajal pondría música a este himno, que está considerado como el primer intento documentado de dotar a Galicia de un himno patrio y que fue interpretado por primera vez en Los Juegos Florales de Pontevedra de 1884.
     Recordemos que el himno de Galicia hoy, titulado Quiexumes dos pinos, es autoría de Eduardo Pondal con música de Pascual Veiga, estrenado en La Habana en 1907, siendo declarado oficial en 1984.

(Ramos González, José M. Andrés Muruais. El díscolo bardo del Lérez. Fragmento) 
Carátula de la partitura musical.


HIMNO A GALICIA (Fragmento)
Hirmans, con entusiasmo
Cantemos a Galicia
Para nos outra delicia
Com’ela xa non hai,
E mali’o fillo ingrato
Que como nós non queira
A terra feiticieira
Qu’é nosa doce nai.
¡Patria! guind’a a coroa d’espiñas,
Ergu’a testa dorida e muchada:
Hirmans, vinde d’a nai adourada
A poñervos, d’o trono arredor;
E xuremos curarll’as feridas
Sobre o peito poñendo a man forte
E que todos loitando hast’a morte
Saberemos gardar seu honor.

Hermanos, con entusiasmo
Cantemos a Galicia
Para nosotros otra delicia
Como ella ya no hay,
Y maldito el hijo ingrato
Que como nosotros no quiera
La tierra hechicera
Que es nuestra dulce madre
¡Patria! quítate la corona de espinas,
Levanta la cabeza dolorida y mustia.
Hermanos, venid a la madre adorada
A poneros, alrededor del trono
Y juremos curarle las heridas
Sobre el pecho poniendo la mano fuerte
Y que todos luchando hasta la muerte
Sabremos defender su honor.
 

Cuando el cine llegó a Pontevedra

        En la primavera de 1897 se produjo un acontecimiento histórico en Pontevedra: la llegada del cinematógrafo de los hermanos Lumière. 
       Constituidos en empresa, los hermanos Auguste y Louis Lumière, que, dos años antes, habían proyectado sus primeras películas en público en París con enorme éxito, recorrieron Europa presentando su espectacular invento. Pontevedra tuvo el honor de ser la quinta capital española en recibir el cinematógrafo. 
         Las proyecciones comenzaron la noche del domingo 18 de abril de 1897 y prosiguieron una semana más en el Teatro capitalino, celebrándose la última sesión el domingo 25. La asistencia fue masiva, pues la prensa ya se había encargado de azuzar la curiosidad de la gente alabando el nuevo artilugio que era capaz de capturar en movimiento real la vida cotidiana.
Cartel anunciando el espectáculo
           Las primeras películas que vieron los pontevedreses de fin de siglo fueron una serie de escenas cortas filmadas por los Lumière, entre las que se encontraban las tres que se pueden ver en el vídeo que mostramos al final del presente artículo. La prensa local se hizo eco de la enorme expectación despertada, poniendo de relieve que "el público que acude estas noches a las sesiones del “Cinematógrafo” sale realmente bajo la viva impresión de un asombro tan naturalísimo como grande. No puede darse mayor exactitud en la reproducción de las cosas reales. Aquello es un verdadero encanto."
         La primera sesión estaba integrada por los siguientes cuadros: Primera parte.- Trabajos de campo. Banquete curioso. Bomberos en Londres. Una escena en Argel. Duelo a muerte. Caballería Española. Segunda parte.- Un jardinero sorprendido. Embajadores de Budapest. Llegada de un tren. Carreras en saco. Batalla de nieve. Coracero franceses.  Uno de los más aplaudidos por el público fue el titulado Carnaval en París, que se proyectó el día 22, donde podían verse las comparsas desfilando por el bulevar de la capital francesa.
           Se proyectaban cuatro sesiones al día de una hora de duración cada una. La primera sesión comenzaba a las 7 de la tarde y la última finalizaba a las  11 de la noche.
          Así de elocuente era el Diario de Pontevedra, ensalzando las virtudes del evento:

        Es difícil sustraerse a una gran impresión, después de presenciar el desfile de excelentes cuadros que estas noches se presentaron. Los Campos Elíseos de París, llenos de animación y vida, meciéndose los árboles a impulsos del viento y jugando alegremente unos cuantos niños, tan reales y hermosos, que como decía un amigo nuestro, daban ganas de comerlos a besos; un clown haciendo el juego de la serpentina con todas las diferentes actitudes; la llegada de un tren a una ciudad francesa, con el todo el bullicio y toda la animación consiguientes en los andenes; una borrasca en el mar con los embates del agua que forma contra las peñas grandes montañas de espuma; tres caballeros, uno de ellos Lumiere, jugando al tresillo y bebiendo champagne; un jardinero que riega y, víctíma de una travesura infantil, dirige la manga a un muchacho, al cual se le ve huir por entre frondas perseguido por el chorro; una sorprendente carga de la caballería española, de efecto asombrosisismo; la célebre carrera Lyon-París de coches automóviles y bicicletas, y otros varios, todos hermosos y de encantador efecto.

        Debido a la brevedad de la sesión, entre las dos partes, que se aprovechaba para cambiar la cinta de película, se amenizaba la pausa con algún espectáculo complementario. En el caso que nos ocupa, fue la bandurrista Miss Zaida y el guitarrista Sr. Asensio. En posteriores sesiones, también actuaría el pianista local Sr. Taboada.
     A continuación pueden verse tres escenas de las vistas por nuestros antepasados: Un jardinero sorprendido, considerada como la primera comedia de la historia del cine; Jugadores de cartas (que se proyectaría en la sesión del día 20) y el célebre La llegada de un tren, corto del que la leyenda da cuenta del pánico que causó a sus primeros espectadores que, ante la naturalidad de la escena, creyeron que el convoy se les venía encima.
      Aprovechando la gran afluencia de público y el interés despertado, la empresa decidió rebajar los precios de la entrada para permitir el acceso a "todas las clases sociales" de la ciudad y la recaudación del día 22 fue destinada a los soldados heridos en la guerra de Cuba que se encontraba en su fase más álgida.
        El día 26 de abril, la empresa del cinematógrafo se trasladó a Vigo.

 
 
José M. Ramos González
Enero 2015
Fuente: Diario de Pontevedra, 17, 18, 19 y 20, 23 y 24 de abril de 1897.
Bibliografía: LÓPEZ PIÑEIRO, Aurelio. O nacemento dunha cidade. A implantación do cine en Pontevedra. Dip. Provincial de Pontevedra. 1998.